El crimen


Nalan era un tipo que trabajaba como soldador al lado de mi casa, en realidad nunca me cayó mal, ni tuve nada contra él, pero siempre me usaba de mal ejemplo al momento de hablar con los demás, y con los demás me refiero a los demás vecinos incluso los más jóvenes (había unos cuatro adolecentes trabajando con el). Pantentesis. Antes de hundirme en el cristal, mi veneno era la piedra. Es una adicción espantosa, un auténtico infierno que marcó el punto de quiebre de lo que alguna vez pude llamar una vida digna. Por las noches, cuando mi madre cerraba la puerta con seguro, yo brincaba la barda como un animal al acecho para tomar un taxi e ir al “punto” a conseguir mis dosis. En ese instante sentía una euforia pura, pero la cruda realidad es que, al llegar al pico más alto de mi adicción, aun teniendo tres o cuatro bolsas intactas frente a mí, me invadía una ansiedad desgarradora y un vacío insaciable; una desesperación agonizante e impotente por querer consumir más de algo que ni siquiera me había terminado. Es verdaderamente asqueroso no poder resistirse, sentir cómo tu cuerpo y tu cerebro se corrompen, con una química interna tan podrida que tu organismo pide a gritos desesperados la sustancia. El autocontrol era inexistente; llegué a hacer de todo por conseguir una sola dosis más: desde empeñar mi propia ropa hasta saquear a mi familia. Cambié tocadiscos, un mini refri, las botellas de licor de mi padre y las joyas de mi madre por un poco de piedra. Me volví un ser completamente ingobernable, arrastrado por un estado anímico repulsivo. Apestas todo el tiempo a perro mojado, un hedor rancio a sudor ácido y transpiración enfermiza que se te impregna en los poros sin importar lo que hagas. Los huesos y los dientes se te descalcifican pudriéndose lentamente, y abandonas por completo cualquier rastro de cuidado personal, luciendo un aspecto deplorable mientras experimentas una alarmante y cadavérica pérdida de peso casi de la noche a la mañana. Dejas de existir; te conviertes en un fantasma que solo vive para drogarse, atrapado en una asfixiante jaula oxidada de la cual tienes la llave en la mano, pero el terror y la dependencia te paralizan de tal manera que jamás te atreves a usarla, una situación que yo no se lo deseo a nadie. Es en este punto en el que acepto, es verdad yo di pauta para que se hablara mal de mi o me pusieran de mal ejemplo. Pero así como me brincaba la barda lograba oírlo a él: —ve güey, o sea está bien que te guste la mierda, pero ese güey se pasa de verga, pues si también es con calma.— —Míralo ahí va otra vez, es que nunca tiene llenadera, ¿es que no se cansa?— Y cuando no era por las drogas era porque estaba perdiendo el tiempo, —Ve güey y su feje esperándolo en el trabajo y este güey ahí nomás perdiendo el tiempo.— Siempre deleitaba con su preciso punto de vista que nadie había pedido. Incluso en alguna ocasión intenté pedirle ayuda, me comentó sobre unos tés que estaba tomando su mamá y que eran buenos para desintoxicarse. Le pedí que me avisará cuando el vendedor viniera a verlo. Fin del paréntesis, dando un salto en el tiempo unos cuatro años más tarde  después de dos anexos, un cambio de sustancia y poco interés de mi parte para dejar las drogas, con el cristal me comencé a volver más paranoico, incluso más que con el crack, tapaba las ventanas con papel, papel que no duraba mucho porque luego terminaba por despegarlo, jalarlo y romperlo, así que un día me decidí a quitarlo; mala idea; mientras estaba arriba de un banco despegando los restos de maskingtape de lo más alto del marco escuche claramente por la ventana abierta. —¡¿Ya los está quitando?!— gritaba una voz joven desde afuera. —Cállate tiene la ventana abierta — respondió una niña entre molesta y desesperada. Lo escuché y por alguna extraña razón casi inmediatamente después pude escuchar a Nalan. —Oigan niños, ya les dije que hacer esto está mal, ya dejen de hacer esto.— Sonó sincero o al menos eso creí al principio.

Es en este maldito momento donde una vergüenza asfixiante me devora; desearía hundir mi cabeza en el lodo húmedo como una bestia asustada, encadenar mi cuello a una pesada roca de culpa y arrojarme al fondo del río para desaparecer de una vez por todas. Deseo con agonía que nada de esto hubiera pasado, pero, para mi propia repugnancia, la asquerosa verdad es que no siento una sola gota de arrepentimiento. Hay un alivio sucio, un deleite perverso y animal que me sacia hasta los huesos. Mi lado más cínico, salvaje y repulsivo sigue ahí, palpitando, ocupando vorazmente la mitad de mi ser, regodeándose en su propia bajeza sin poder resistirse al impulso. Milagrosamente, la frágil y raquítica fachada de mi cordura me permite sostener una patética máscara para apenas interactuar con los demás; porque si no fuera por ese minúsculo filtro, hace mucho que mi mente enferma me habría arrastrado de forma irreversible a la celda acolchada del psiquiátrico más cercano

Aquella ocasión estaba en el baño del último piso de mi casa, con los pantalones abajo y estaba dispuesto a meterme un slam de 30ml, delicioso a decir verdad, la ventanilla que daba al jardín estaba abierta y podía escuchar un grupo hablando. —¡NADA MÁS QUE LO VUELVA A VER Y VA A VALER VERGA!— gritaba Nalan desde el lado de su azotea. Yo no puse mucha atención no era la primera vez que lo escuchaba gritar, de hecho era bastante común. Pero algo me decía que prestará atención. Me quedé mirando hacia la oscuridad de la ventana un rato y  como si estuviera rompiendo la carta pared saque la lengua e hice un gesto de cuernos con los dedos hacia la ventana abierta. Acto seguido alguien dijo. —¡No mames, me hizo así…!— y fue cuando entendí, estaban hablando de mi y de alguna forma desde la oscuridad alguien me estaba viendo mientras cagaba y me drogaba, un frío escalofrío recorrió todo mi cuerpo, no había la menor duda, ya lo sabían, ¿pero…? ¿Cuánto sabían? ¿Desde cuándo? ¿Qué han de hacer al respecto? Cómo no prestando mucha atención y tratando de calmar mi mente baje a mi habitación. Aquella noche no dormí casi nada, me pase la noche entera intentando tapar las ventanas que de alguna forma y sin explicación aparente lo que sea que pusiera, terminaba moviéndose o callendo era un vaivén de un lado de la pared a otra, poniendo una cobija, un tronzo de tela mal cortada, papeles o páginas de revistas, estaba demasiado paranoico, tenía la boca seca, escuchaba voces, escuchaba murmullos, no entendía lo que estaba pasando ni porque estaba pasando de esa manera, por un lado estaba divirtiéndome hacia mucho tiempo que no interactúaba con mis vecinos (de ninguna manera y aunque esa era una situación completamente negativa), al final pegue la basura de una gran calcomanía de un anuncio publicitario de esos que ponen a nivel de banqueta, era enorme, me alegre de tener dos. Me metí a la cama, candado y desesperado. Mi madre ni si quiera se acerco a mi puerta en la mañana, la escuché irse como a las diez de la mañana me levanté aún con sueño y fui a orinar. Supe que era el momento exacto; el instinto ahogó cualquier rastro de razón. Me arrastré de vuelta a mi habitación y cedí a la depravación más absoluta, sin el más mínimo escrúpulo. Me importó una mierda que apenas unas horas antes una amenaza latente acechara desde el exterior, o que hubiera perdido la mitad de la madrugada, presa de la paranoia, tapiando las malditas ventanas. Sumido en un trance enfermizo, me entregué a un impulso horrendo, de una bajeza tan nauseabunda que me despojó de toda humanidad. Lo consumé, me abalancé sobre mis propios deseos podridos y los devoré con una desesperación sádica, como una bestia rabiosa y famélica engullendo su última carroña. Sin embargo, al vaciarme, el frenesí se pudrió de golpe. Un asco denso y un arrepentimiento punzante me abofetearon la cara. Profundamente avergonzado de mi propia miseria, emergí pesadamente de entre las cobijas manchadas de mi decadencia. Fue entonces cuando, casi por inercia, mis ojos buscaron la ventana y el estómago se me desplomó. Un inmenso vacío visual me devolvió la mirada; podía ver el cielo abierto, burlándose de mí, justo ahí… donde debería estar pegado aquel enorme y protector trozo de papel


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