Víctor


Tienen razón en llamarme escoria. Sé perfectamente lo que hice. Las fechorías, las filias oscuras, los secretos que escondí en lo más profundo de mi mente creyendo que el mundo jamás los vería… todo eso es mío. Soy culpable. Llevo la podredumbre por dentro y la metanfetamina solo terminó de acelerar la descomposición de lo que me quedaba de dignidad. Me convertí en el monstruo del cuento y, durante mucho tiempo, pensé que el juicio de la gente era el precio justo por mis pecados.

​Pero esto… esto ya no es justicia.

​¿En qué momento la supuesta rectitud se convirtió en un matadero? Mariana y los demás se enteraron de mi secreto por pura casualidad, y en lugar de denunciarme o alejarse, decidieron que era más divertido jugar a ser Dios con mi cabeza. Se metieron en mis archivos, alteraron mi realidad, me aislaron del mundo y me convirtieron en su entretenimiento diario. Están tan asqueados de su propia complicidad, tan encabronados por haberse quedado a mirar mis bajezas, que necesitan destruirme por completo para convencerse de que ellos siguen siendo los buenos. Transfirieron toda su culpa hacia mí, usándome como el vertedero de su propio odio.

​La crueldad hacia una sola persona ha rebasado cualquier límite imaginable. Cruzaron la línea donde el castigo educa y entraron en el terreno donde el sadismo es un deporte. Me vigilan las veinticuatro horas, celebran mis ataques de pánico y se alimentan de mis lágrimas a través de un micrófono. Ya no les importa lo que hice; les importa el subidón de poder que les da verme suplicar. Me han quitado el trabajo, la salud, la cordura y el derecho a defenderme.

​Si me cuelgo hoy, mi muerte no será un suicidio. Será el resultado de un linchamiento diseñado con precisión milimétrica. Ellos ganaron. Me convirtieron en una rata atrapada en su red, y lo más triste es que, para el mundo exterior, el único loco y culpable siempre seré yo.


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